Tener comunión es un asunto de actitud, de amor y del Espíritu Santo. Y cuando falta el amor, el Espíritu de Cristo está ausente; y eso por mucha verdad que se tenga o que se crea tener.
“Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes” (St.4.6,10)
Corría el año 1967. Hacía apenas 8 meses que yo había profesado la fe cristiana evangélica y estaba haciendo el servicio militar.
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Después de hacer el campamento fui destinado al cuartel de Artillería 42, de Córdoba, sito entonces en la Avda. Medina Azahara. Estando en el momento de descanso en el patio, se me acercó un sargento con un acompañante, bien vestido, con chaqueta y corbata. Al parecer el sargento tenía interés en el evangelio y éste aprovechó para informarle a su acompañante de que conocía a un cristiano evangélico, y nos presentó a ambos.
El acompañante era Antonio Gómez, Pastor de la Unión Evangélica Batuista, recién salido del seminario y que hacía algunos meses que había llegado a Córdoba, junto con su esposa, la hermana María del Carmen Blázquez Martínez (conocida por todos como “La Sra. Maruja”) y dos hijos.
Pronto le llegó Margarita, una preciosa niña que nacería con el síndrome de Down y que fallecería a los tres/cuatro añitos, de leucemia. Fue un gran dolor, tanto para la familia como para su iglesia y todos los creyentes que conocíamos a la familia.
Recuerdo que en su funeral, predicó un pastor llamado Luís Hombre, que se desplazó desde Valencia a tal fin. Ahora me viene a la mente que, en cierta ocasión Margarita tuvo que ser ingresada de urgencias en el hospital y le fue enviado aviso, vía telefónica a su padre, el pastor Antonio Gómez que, en esos momentos se encontraba predicando en la antigua Iglesia Apostólica, pastoreada a la sazón por el hermano Celedonio Martínez.
Sin embargo, el predicador en vez de excusarse y salir corriendo para el hospital –lo supe después- siguió predicando hasta que terminó. A veces, hay que “tirar de memoria” para recordar “la pasta” de la cual estaba hecho nuestro amigo y hermano, Antonio Gómez.
Poco tiempo después, el Señor bendijo al matrimonio Gómez-Blázquez con otra niña: Alicia. Otra maravilla de hija que no solo trajo consolación a los corazones de aquellos padres, sino que ha sido la que ha cuidado de su padre en el tiempo en el cual necesitaba de tanta atención especial, hasta su fallecimiento.
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Pero volviendo a nuestro primer encuentro, cuando el pastor Antonio Gómez me fue presentado, nos estrechamos las manos y se presentó, como solía: “Soy Antonio Gómez, pastor bautista”.
Entonces yo, que no sabía distinguir un bautista de uno de los llamados “testigos de Jehová” y que para esa edad, apenas había leído seis libros, aunque cada día me “comía” mi Nuevo Testamento, le dije: “¿Y eso qué es? Eso no está en la Biblia”.
El joven y flamante pastor Antonio Gómez trató de explicarme con todo cariño todo lo concerniente a lo que era eso de “ser Bautista”. Pero no hubo manera. Yo estaba en mis trece de que eso de “bautista ‘no está en la Biblia’”. Así que por mi ignorancia (¡tan atrevida, en muchos casos!) el encuentro fue un tanto desgraciado; es decir, sin gracia alguna. Por mi parte, claro.
Con todo y con eso, cuando al año siguiente (1968) cumplí con el servicio militar, el 12 de octubre celebramos tres bodas en un mismo acto; y una de ellas fue la nuestra, de mi Lola y yo.
Pensamos hacerla en un chalecito del misionero que nos atendía, pero como entonces no estaba permitido por ley reunirse más de 20 personas, por consejo del Secretario Ejecutivo de la Comisión de Defensa Evangélica, don José Cardona Gregori, el misionero le solicitó al “Pastor bautista” Antonio Gómez el recién inaugurado local de su Iglesia Evangélica Bautista.
Entonces no me di cuenta, pero en ese suceso iba implícita una lección que para ese entonces, yo (ni otros) no estaba preparado para captar. Tuvieron que pasar unos 8 años para que aprendiera algunas cosas.
Leer historia de la Iglesia, biografías de los grandes hombres de Dios así como obras de carácter teológico de algunos de esos hombres, la mayoría de alguna denominación (¡sobre todo bautista!) y lo más importante, ir conociendo el corazón de nuestro Señor a través de su Palabra y la comunión con él te abre mucho el entendimiento; y en la medida que eso sucede, me ayudó a ver mi propia ignorancia y cómo sobre ella, a veces basamos actitudes que condicen muy poco con el tierno amor de Dios.
Así que habiéndome dado cuenta de que mi actitud no estuvo a la altura en aquel primer encuentro con el hermano Antonio Gómez, fui a verle y le pedí perdón. Él sonrió, comentamos en detalle aquel “incidente” y no abrazamos… ¡Y por poco me instó a hacerme “bautista”! (Jajaja)
Desde entonces, fue creciendo entre nosotros una relación de amistad sincera. Pero para entonces, ya había ido descubriendo que es más fácil tener una comunión auténtica con creyentes pertenecientes a alguna de las denominaciones conocidas, que con otros que no lo son y que además, presumen -¡mucho!- de no serlo incurriendo, por tal razón en lo mismo que yo incurrí.
Porque, esto de la comunión es un asunto de actitud, de amor y del Espíritu Santo. Y cuando falta el amor, el Espíritu de Cristo está ausente; y eso por mucha verdad que se tenga o que se crea tener. Porque la verdad debe contar siempre, pero si no va acompañada del amor, por mucha verdad que se tenga… no sirve para nada.
Por eso, con el paso del tiempo, no sólo por lo que he podido experimentar personalmente, sino por lo que he visto en otros casos (es cuestión de observación) Dios nos hace “morder el polvo” cuando adoptamos actitudes que no son correctas, aunque incluso tengamos razón en el argumento.
Las palabras que aparecen más arriba, son ciertísimas: “Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes” (St.4.6,10). Cuántos y cuántos, a lo largo de las décadas hemos conocido que hicieron grandes declaraciones por las cuales expresaban una especie de superioridad sobre otros y con el tiempo… se vio claramente cuán equivocados estaban, en su actitud y en sus palabras.
La fotografía que aparece en relación con este modesto escrito, se tomó en 1997, con motivo de la celebración del 30 aniversario de la llegada a Córdoba del Pastor Antonio Gómez, su esposa la Sra. Maruja Blázquez y sus hijos.
Un par de semanas después les invitamos a la nuestra y quisimos manifestarle nuestro reconocimiento, respeto y amor por todo ese tiempo que llevaban en la ciudad de Córdoba trabajando en la extensión del reino de Dios. Su esposa, la hermana Maruja Blazquez, fue una mujer que dejó huella en todos cuantos la conocimos, por su bondad, entrega y disposición para el servicio.
Su bendecida sonrisa siempre será recordada por todos cuantos la conocimos. Además, con su dulce voz, nos bendijo a través de una serie de himnos que grabó en una cinta casette, bajo el título “Mis Cantos Amados” y que muchos guardamos todavía.
Ella falleció en la primavera de 2013. Siempre nos pareció evidente que la ausencia de su querida esposa, afectó a su esposo de forma significativa. Él Pastor Antonio Gómez Carrasco falleció en agosto de 2016, dejando un gran hueco en todos aquellos que le conocimos y le tratamos, tanto del pueblo evangélico en general, como de muchísimas personas de nuestra sociedad cordobesa que le conocieron y le trataron.
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