El problema no es la civilización. Es el corazón sin regenerar, independientemente de cuál sea la civilización a la que pertenezca.
Tras haber considerado el primer ‘amén, amén’ que hay en el evangelio de Juan, que enseña que hay un mediador sin el cual no hay acceso al cieloi, el segundo ‘amén, amén’ que Jesús pronuncia en ese evangelio es el siguiente: ‘De cierto, de cierto os digo, que el que no naciere de nuevo no puede ver el reino de Dios.’ii Es la segunda verdad imprescindible que es preciso tener en cuenta y que se podría proponer en los siguientes términos: Al cielo no se entra por la moral sino por el nuevo nacimiento.
Jesús dirige esa palabra a Nicodemo, un hombre modélico en muchos aspectos, no sólo por su conocimiento sino también por su reputación moral. El prestigio del que goza entre sus compatriotas es muy elevado, siendo uno de los principales entre ellos. Pareciera que un hombre así sólo necesitaría creer en el mediador sin más, para poder entrar en el cielo, dado que su conducta está en concordancia con los requisitos necesarios. Sin embargo, es a este hombre a quien Jesús le anuncia esta verdad imprescindible. Jesús podría perfectamente haberle dado esta palabra a aquella mujer pecadora, a la que querían apedrear por su comportamiento escandaloso, o también habérsela dado al paralítico de Betesda o a cualquier otro personaje con claras deficiencias éticas. Pero si así lo hubiera hecho, la conclusión que sacaríamos sería contundente: Lo del nuevo nacimiento solamente es para cierto tipo de personas descalificadas. Como ya se sabe que una de las características que los seres humanos tenemos es la de absolvernos a nosotros mismos y aplicarle la lección a otros, eso significaría que sólo los casos notoriamente perdidos necesitarían aprender esta verdad imprescindible.
Pero al manifestarla Jesús a Nicodemo quedamos sin escapatoria, porque si este hombre necesita nacer de nuevo y su moral y erudición no le sirven de nada, quiere decir que hasta las mejores personas necesitan algo más que ética. O en otras palabras, que la incapacidad moral es universal y no cosa de unos pocos. Nicodemo sería el representante perfecto de lo que muchos considerarían un dechado al cual parecerse; un ejemplo de lo que un ser humano debe ser. Hombre de principios, honesto y buscador de lo excelso, coherente con sus creencias y deseoso de saber más. Una especie de Sócrates, solo que trasladado de Atenas a Jerusalén cinco siglos después. Y sin embargo, pese a todos sus logros y conquistas, parte de la misma situación en la que pueda estar alguien ignorante y sumido en el hoyo del vicio y la degradación.
La lección a extraerse es evidente: El problema del ser humano no está en su carácter, ni en su educación, ni en alguna deficiencia adquirida con el paso del tiempo. Está en su naturaleza. Esto es, la raíz ya está deteriorada al venir a este mundo, lo cual excluye que la naturaleza humana, tal cual, tenga alguna posibilidad de alcanzar el cielo. Esto también quiere decir que esa creencia de que lo que pervierte al ser humano es la sociedad, o determinado tipo de sociedad, es un craso error. Creencia que, por ejemplo, el director alemán de cine F. W. Murnau quiso transmitir en su película Tabú, denominada la última obra maestra del cine mudo, en la que los indígenas de los Mares del Sur viven en la inocencia pura, hasta que se ponen en contacto con la depravada civilización occidental. Pero las palabras de Jesús a Nicodemo no dejan lugar a dudas. El problema no es la civilización. Es el corazón sin regenerar, independientemente de cuál sea la civilización a la que pertenezca.
¡Qué humillación escuchar esas palabras, quien pensaba estar exento de ellas! ¡Qué perturbación considerar que no está en mejor posición ni es diferente que el peor espécimen del género humano! Es más, pudiera ser que todo lo conseguido en realidad fuera un obstáculo, habida cuenta que el mérito propio engendra jactancia y orgullo espiritual, lo cual se convierte en formidable motivo de confianza en uno mismo. Hasta tal punto el pecado tiene sutileza, que se hace presente hasta en la moralidad más elevada.
La necesidad, porque de eso se trata, del nuevo nacimiento no consiste en una mejora ni en una reforma del ser humano. Por eso todos los sistemas éticos, filosóficos, religiosos y políticos que pretenden cambiar tal o cual aspecto de la personalidad, están irremisiblemente condenados al fracaso, porque dejan sin tocar la cuestión fundamental, la necesidad de un cambio de naturaleza. Ninguna institución puede proporcionar dicho cambio; ninguna ceremonia; ningún método de auto-ayuda.
Tal cosa está más allá de nuestra capacidad y por tanto tiene que venirnos de afuera. Más concretamente, de arriba, de lo alto. Precisamente del cielo, del que estamos excluidos por nuestra propia naturaleza. Eso quiere decir, que es el cielo mismo, o sea Dios, quien nos proporciona la solución a nuestro problema insoluble. ¡Gloria a su Nombre!
i Juan 1:51
ii Juan 3:3
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