¿En qué creen los que no creen que hay vida después de la muerte? Puesto que según dicen no descendemos de un Dios inmortal, sino de un orangután mortal, creen que morimos como mueren los animales y desaparecemos en las profundidades de la nada, como desaparecen ellos.
Luís Manuel Fernández de Portocarrero fue cardenal y político. Vivió entre 1635 y 1709. Está enterrado en la catedral de Toledo. En su lápida hay escritas estas palabras:
“Aquí yace polvo, ceniza, nada”. A esta frase le faltan unas palabras sobre la inmortalidad del alma. El lema cuadra en la tumba de un ateo, pero no en la tumba de una alta jerarquía católica.
¿Nada después de la muerte?
El 2 de julio de 1961 se suicidó a los 62 años uno de los novelistas más grandes de este siglo,
Ernesto Hemingway. Con una escopeta de caza se disparó un tiro en la boca.
Fue enterrado cuatro días después, el 6 de julio, en un pequeño cementerio cercano a las montañas de Sun Valley, Idaho. El sacerdote que ofició en la ceremonia dijo: “Oh Dios, concédele a tu siervo Ernesto el perdón de sus pecados...”
Los pecados no se perdonan después de la muerte.
Para que los pecados sean perdonados hay que saber morir. Y Hemingway no supo.
Dios fue siempre una palabra vacía en sus labios. A veces un recurso literario, a veces punto de referencia para componer cuadros religiosos, pero nada más. En el relato “
Un lugar limpio y bien iluminado”, incluido en el libro de Cuentos publicado por primera vez en 1927, Hemingway reescribe el Padre Nuestro desde su perspectiva puramente materialista y atea: “Nada nuestra que estás en la nada, nada sea tu nombre, venga a nosotros tu nada y hágase tu nada así en la nada como en la nada. La nada nuestra de cada día dánosla hoy, y perdona nuestras nadas así como nosotros perdonamos a nuestras nadas. Y no nos dejes caer en la nada, mas líbranos de nada; pues nada".
Un hombre para quien todo es “nada” no puede morir entregando el espíritu.
Cuando el cuerpo muerto desciende a la tumba no termina todo, sino que comienza una nueva etapa, un vivir distinto. Así lo han sentido millones de creyentes en todos los tiempos, de cuyas voces se hace eco el gran poeta que fue
Víctor Hugo: “Cerca de medio siglo –dice el genial francés- he estado escribiendo mis pensamientos en prosa, verso, historia, filosofía, drama, sátira, oda, canto. Todo lo he experimentado, pero siento que aún no dije la milésima parte de lo que está en mí. Cuando yo baje a la tumba podré decir, como muchos: “He terminado la faena del día, pero no podré decir: Ha terminado mi vida”. Mi trabajo comenzará a la mañana siguiente. Mi tumba no es un callejón sin salida; es un camino abierto que se cierra con el crepúsculo de la noche y abre con la aurora. No valdría la pena vivir, si tuviéramos que morir por completo. Lo que aligera el trabajo y santifica nuestros esfuerzos, es la visión de un mundo mejor que contemplamos a través de esta vida. ¡Tierra, no eres mi abismo!”.
Los que no creen en Dios creen en los dictados de la ciencia que dicen hacer innecesaria la existencia de Dios.
Los que no creen en Dios creen que el Universo físico es consecuencia de una explosión cósmica.
Los que no creen en Dios creen que el ser humano desciende por evolución a partir de una célula marina.
Los que no creen en Dios creen que tanto el alma como el cuerpo están compuestos de átomos materiales.
Los que no creen en Dios creen que la vida termina definitivamente en la tumba.
El Evangelio de Lucas contiene una de las historias más tiernas del Nuevo Testamento.
La Virgen María va de visita a casa de su prima Elisabet, que vivía en un pueblo de la montaña, a 140 kilómetros de Nazaret, donde por entonces residía la Virgen con José.
En el viaje tardó tres o cuatro días. Lo haría andando o montada en burro. Cuando se encuentran, las dos mujeres se saludan a la manera oriental, con reiterados abrazos. Elisabet está embarazada de seis meses. El niño que llevaba dentro era Juan el Bautista. María estaba embarazada de tres meses, según se cree.
Cuando los cuerpos de las mujeres se juntan ocurre algo singular. Lo cuenta Elisabet:
“Tan pronto como llegó la voz de tu salutación a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre” (
Lucas 1:44).
Seguidamente dice a María:
“Bienaventurada la que creyó”.
Después de habernos enterado en qué creen los que no creen, nosotros podemos apropiarnos de estas palabras y decir:
“Bienaventurados los que creemos”.
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