El producto en sí no lo conocemos, sólo conocemos el envoltorio publicitario que lo vende, pero en el hecho de que creamos que hay una equivalencia entre tal envoltorio y el producto radica el éxito del mensaje. Pues bien, creo que algo similar está ocurriendo con la palabra crisis, que con su sola mención, aunque no se hayan hecho las comprobaciones y estudios pertinentes para saber si es así, ya pone en crisis el asunto asociado, sobre todo si el dictamen viene dado desde una tribuna de un importante medio de comunicación.
Esto sucede especialmente en la esfera familiar, donde la expresión ‘crisis de la familia’ se ha instalado entre nosotros y la hemos dado por buena. Expertos de todas las clases nos aseguran que la familia está inmersa en una crisis de proporciones gigantescas, augurando el fin del monopolio de la familia tradicional para dar paso a nuevos modelos de familia. Para apoyar la tesis echan mano de la contundencia de las estadísticas, que muestran sin paliativos el desastre al que asistimos.
Y sin embargo, me parece que detrás de la expresión ‘crisis de la familia’ hay mucha publicidad interesada y hasta engañosa. Sí, ya sé que cada 4 minutos se rompe un matrimonio en España y que esa estadística es similar o aún mayor en la inmensa mayoría de las naciones occidentales; ya sé que la violencia en el seno de la familia es uno de los asuntos más preocupantes de nuestra sociedad… Con todo, yo no creo que la familia esté en crisis. Tal vez alguien me dirá que escondo la cabeza debajo del ala para no ver la realidad, pero soy realista y sigo insistiendo: la familia no está en crisis. Suponiendo que en el mundo no hubiera más que mentirosos, no se podría de ahí sacar la conclusión de que la verdad estuviera en crisis. Supondría solamente que el mundo se habría convertido en una masa de embusteros, pero la esencia y el valor de la verdad seguirían incólumes. Suponiendo que en el mundo nadie supiera cuánto es dos más dos, eso no significaría que las matemáticas estuvieran en crisis. Supondría simplemente que el mundo es un conjunto de ignorantes, lo cual en nada afectaría a la consistencia y armonía de las matemáticas.
Para hablar con propiedad y no dejarnos envolver por expresiones subliminales hay que establecer una diferencia entre ‘crisis de la familia’ y ‘crisis de las familias’. La primera es falsa, la segunda es verdadera. Por la primera se pone en tela de juicio la entidad familiar en sí, por la segunda se pone en tela de juicio a un número de entidades familiares concretas y específicas. Hay un abismo de diferencia entre ambas definiciones. Por lo tanto, es correcto hablar de crisis de las familias o de un número de familias, pero es un error hablar de crisis de la familia.
El diseño de la familia está bien hecho y prueba de ello es que se trata de un fenómeno universal, extendido en el tiempo y en el espacio. Algo que ha sido asumido por gentes de toda condición, creencia, lengua y cultura, que ha sido un hilo común en el transcurso de la historia de la humanidad desde su mismo origen, no puede, de la noche a la mañana, ser calificado de estar en situación crítica. Me parece que en Occidente nos miramos demasiado el ombligo, pensando que somos el centro del universo y considerando que nuestros dictámenes son definitivos y universales. Parece que nuestra supremacía económica y tecnológica nos ciega, hasta el punto de creer que nuestros análisis, hechos a partir de nuestras propias premisas, son infalibles.
El problema no está en la familia en sí; el problema está en otra parte: en que en gran medida hemos dejado a un lado las instrucciones del fabricante. No solamente las hemos dejado a un lado: también nos hemos inventado las nuestras propias. ¿Puede alguien reclamar que el aparato que adquirió no funciona adecuadamente o no funciona absolutamente si hace caso omiso del manual del fabricante? ¿Tendrá la culpa del mal funcionamiento el que diseñó la máquina o el que hace un mal uso de la misma? La familia está bien diseñada y por eso las evidencias de su buen diseño son apabullantes. Por otro lado, muchos no tienen en cuenta la intención del fabricante y por eso las pruebas de que tantas no funcionan son también contundentes.
Esto último es lo que está sucediendo aquí en España, donde el desastre de tantas familias es patente. Lo sorprendente es que la respuesta gubernamental para solventar esta calamidad social ha venido por medio del divorcio-exprés. Es decir, la agilización y apresuramiento de todo el proceso para que el matrimonio que desee divorciarse pueda hacerlo en el plazo de unas pocas semanas. Más rápido, más barato y más fácil. Ya no hay necesidad de pasar por un periodo de separación previo al divorcio. En lugar de buscar medidas para sanear y prevenir la quiebra de los matrimonios, se legisla para apresurar su muerte. ¿No se organizan campañas masivas para concienciar a la gente sobre lo dañino del tabaco y ponérselo difícil a los fumadores? ¿Por qué un mal personal y social como el divorcio es en cambio facilitado? Está muy bien el celo para erradicar el tabaco, promotor del cáncer de pulmón, pero ¿Por qué tanto empeño en allanar el camino al divorcio masivo, verdadero cáncer del cuerpo social? El divorcio no debe ser la primera opción sino siempre el último recurso.
La crisis de tantas familias viene de antiguo, hasta el punto de que Jesús, interpelado por sus interlocutores en el pasaje superior, da la causa de la misma: la dureza del corazón humano. La expresión ‘dureza de corazón’ es bien significativa en griego, esclero-cardía, un mal específico, la esclerosis, localizado en el centro de la personalidad, el corazón.
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