A modo de ejemplo, resulta curioso comprobar lo que sucede en algunos sectores religiosos con el uso del manido término
alabanza, una acción que se define como: "
elogiar, celebrar con palabras" (diccionario de la RAE) o "
hablar bien de algo o alguien".
Como vemos, el sustantivo
alabanza, aunque frecuentemente usado por los cristianos para dirigirnos a Dios, no tiene una aplicación exclusivamente sacra. De hecho, no son pocas las traducciones de la Biblia que usan conjugaciones del verbo
alabar para referirse a personas:
"La mujer que teme a Yavé, ésa será alabada" (Proverbios 31, 30).
"Y no había en todo Israel ninguno tan alabado por su hermosura como Absalón" (2 Samuel 14, 2). Estos versículos extraídos de la Versión Reina Valera de 1960 son sólo algunos de los
ejemplos bíblicos del bello uso del término alabanza entre humanos con cualidades estupendas.
Es una equivocación el relacionar indefectiblemente el concepto de alabanza con música o cánticos religiosos, pues en las iglesias también se cantan melodías que no siempre contienen alabanza, que es el elogio a Dios. En el ámbito evangélico, son muy populares coros del tipo: "
Dame más de ti", "renuévame", "lléname", "derrama sobre mí", "quiero más", "pon en mí tu corazón", "aviva el fuego", "haz en mí un nuevo ser"…, etc., letras para música cúltica que son esencialmente rogativas o peticiones. Por tanto,
no tiene sentido llamar alabanza (y no digamos ya adoración) a canciones en las que ni se alaba ni se adora.
Usar la palabra
alabanza para definir por defecto la música
sacra puede convertirse en más que una simple imprecisión terminológica. Por un lado, surge
el peligro de pervertir la práctica cristiana al señalar con un rimbombante “elogio a Dios” un culto quizás demasiado egocéntrico donde el deseo de recibir favor, bendiciones y
llenura se desboca en detrimento de la rendición y exaltación de lo que Dios es, de lo que Él hace y de lo que ya ha hecho por nosotros.
No digo que haya que eliminar las súplicas de la música cúltica, pero es un error llamarla por defecto alabanza. Y no digamos ya cuando se denomina adoración a canciones de contenido rogativo.
Este asunto pudiera parecer un tanto nimio para algunos, pero ¿qué nos cuesta dar un nombre más apropiado a las actitudes que entregamos a Dios? Si entre los humanos esto se hace necesario, mucho más debería serlo cuando pretendemos señalar aquello que entregamos específicamente a Dios, sean alabanzas, agradecimientos, quejas o peticiones.
Y es que usar los términos correctos nos ayuda a detectar virtudes y defectos con más facilidad, cuestión que para Dios es siempre un asunto importante. Pocas herramientas tan útiles contra la confusión como el lenguaje bien usado.
Por tanto, si denominamos
rogativas a las rogativas y
alabanza a la alabanza, tenemos más posibilidades de percatarnos de hacia dónde va nuestro énfasis, carencias, virtudes y actitudes. Con una adecuada terminología podemos evaluar mejor si nuestros cultos y nuestras tendencias son cada vez menos
cristocéntricos y más egocéntricos.
Llamar a las cosas por su nombre es una ayuda, un arma contra el sectarismo, un enemigo siempre amenazante.
Por otro lado, existe también una correcta e interesante acepción del término
alabanza que lo define como la actitud que debiera emanar de los creyentes durante las 24 horas del día.
“Hacedlo todo en el nombre de Jesús” (Colosenses 3, 17). Trabajar como Dios manda, orar correctamente, ser educado con el vecino, no
colarse en el bus, ayudar, escuchar, ver un partido de fútbol sin insultar al árbitro, pedir perdón, no criticar a quienes no están presente durante la sobremesa o reconciliarnos con quienes detestamos son acciones que en sí mismas exaltan a Dios y que, por lo tanto, son también formas de suprema alabanza.
Con todo, tanto esta última acepción como la puramente referida a expresiones de elogio no son compatibles con la incorrección que relaciona inherentemente el concepto de alabanza con cualquier música que se toca en la iglesia. Vivir en armonía para un Dios que nos ha dado la vida con todos sus días, todos sus colores y con todas sus canciones se sale a menudo de la tradición y hasta de los vicios terminológicos, pues lo auténtico, lo que es divino, acaba por vencer nuestros reduccionismos para expandirse como el Espíritu quiere. Así es Dios ¡Alabado sea por ello!
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